En toda operación inmobiliaria surge una pregunta que no siempre se formula en voz alta: ¿debe prevalecer la ley o el acuerdo entre las partes?
La respuesta, lejos de ser rígida, suele estar en un punto intermedio. Porque comprar o vender una vivienda no es solo un acto jurídico, también es un ejercicio de negociación, sentido común y equilibrio.
Desde la experiencia de Vázquez y Bedia, muchas operaciones se desbloquean no por imponer una interpretación estricta de la norma, sino por la capacidad de las partes de entenderse y construir soluciones razonables.
La ley establece el marco, pero no siempre resuelve el caso concreto
La legislación inmobiliaria marca las reglas del juego. Define derechos, obligaciones y garantías para comprador y vendedor. Sin embargo, la realidad de cada vivienda y de cada operación introduce matices que la norma no siempre contempla con precisión quirúrgica.
Un ejemplo habitual es el de las derramas pendientes en una comunidad de propietarios.
¿Debe asumirlas el vendedor por ser anteriores a la transmisión? ¿Puede pactarse que las afronte el comprador si así se acuerda en el precio?
La ley orienta, sí. Pero en muchos casos, el acuerdo entre las partes puede prevalecer si queda recogido de forma clara y transparente en el contrato. No se trata de esquivar la norma, sino de utilizarla como base para alcanzar soluciones adaptadas a la realidad de la operación.
Negociar no es renunciar a la seguridad jurídica
Existe una idea equivocada de que negociar aspectos como cargas, plazos o reparto de gastos supone “debilitar” la posición legal. En realidad, sucede lo contrario.
Cuando comprador y vendedor:
- analizan juntos la situación del inmueble,
- ponen sobre la mesa las posibles contingencias,
- y pactan cómo resolverlas,
lo que hacen es reducir la incertidumbre y reforzar la seguridad de la operación.
Un contrato bien trabajado no es el que copia la ley, sino el que traduce la voluntad de las partes en compromisos claros y viables.
El riesgo de aceptar todo por cerrar la venta
En mercados dinámicos, puede aparecer la tentación de ceder a cualquier condición con tal de no perder la operación.
Ese impulso, comprensible desde lo emocional, suele ser el origen de muchos problemas posteriores.
Aceptar sin analizar puede implicar:
- asumir costes inesperados tras la firma,
- generar conflictos entre comprador y vendedor,
- o dejar cabos sueltos difíciles de resolver jurídicamente.
Cerrar una compraventa no debería ser una carrera contrarreloj, sino un proceso de ajuste fino donde cada pieza encaje antes de firmar.
Encontrar el punto de equilibrio: la verdadera clave de una buena operación
Ni la rigidez absoluta ni la concesión total son buenas aliadas en una transacción inmobiliaria.
El éxito suele estar en ese terreno intermedio donde:
✔ La ley proporciona seguridad.
✔El acuerdo aporta flexibilidad.
✔ La negociación construye confianza.
Cuando se logra ese equilibrio, la compraventa deja de ser un mero trámite para convertirse en una operación sólida, entendida y sostenible en el tiempo.
Más allá del contrato: entender que cada vivienda tiene su propia historia
Cada inmueble arrastra una realidad distinta: una comunidad concreta, unas decisiones previas, unas circunstancias económicas y personales. Pretender resolver todas las operaciones con una misma fórmula legal es como intentar abrir todas las puertas con la misma llave.
Por eso, en el ámbito inmobiliario, escuchar, analizar y pactar sigue siendo tan importante como conocer la normativa.


